Berta es el nombre ficticio, para proteger su intimidad, de una niña de 9 años con diagnóstico de Trastorno del Espectro Autista leve. Llega el carnaval y en su escuela todo cambia: ensayos, disfraces distintos cada día, pintarse la cara, música, ruido. Durante una semana desaparece la rutina. Justo lo contrario de lo que ella necesita para sentirse segura.

Está muy angustiada. Este año, a diferencia de los anteriores —en los que pasaba horas y horas sentada mirando la preparación de los bailes de sus compañeros—, ha conseguido ensayar en el coro. Pero no quiere ni puede hacer la presentación delante del público. Su gran preocupación es cómo decírselo a la maestra. Repite una y otra vez: «no es justo, debería ser opcional».

Y claro que puede que lo sea. Pero para ella, que es muy literal y está desbordada, se convierte en una montaña. ¿Y si la maestra dijera, antes de comenzar los ensayos, que es opcional? ¿Y si hubiera alternativas pensadas desde la escuela?

Y me pregunto: en una escuela que pretende ser cada vez más inclusiva, ¿por qué seguimos funcionando como si la inclusión no fuera una oportunidad para repensarlo todo? No solo pensando en los niños con necesidades especiales, sino en todos.

En carnaval no solo padecen los niños con TEA. El malestar va mucho más allá. He visto en escuelas infantiles que sacan a niños de 0 a 3 años disfrazados a caminar por la calle sin que entiendan qué está pasando. Lo veo en docentes agotados sosteniendo una semana de sobreestimulación constante. En niños con timidez extrema. En alumnado con alta sensibilidad. En aquellos a quienes simplemente no les apetece ir en pijama a la escuela “porque toca”.

¿Celebrar el carnaval es necesario? De hecho, cada vez hay más escuelas que no lo hacen.
¿Todo lo que marca el calendario debe llegar a los centros?
¿Todos los docentes se sienten cómodos con esta programación o muchos también la padecen?

Mi experiencia es que el nivel de estrés que genera no siempre se justifica por el valor educativo que aporta. ¿El alumnado conoce realmente el origen histórico, religioso y cultural del carnaval o todo queda en el disfraz y la representación? Antes de programarlo, ¿hay espacio para preguntarse y pensar como equipo, o se repite el del año anterior?

Lo más doloroso es que, una vez más, la escuela inclusiva acaba excluyendo a los mismos niños de siempre: los que sienten más sufrimiento en su día a día.

Desde los 7 años de Berta, cada curso vuelvo a la escuela a explicar lo mismo a una maestra diferente. ¿Es tan difícil pactarlo con la niña antes, pensarlo juntas y ofrecerle otro rol? Por ejemplo, ella querría ser técnica de sonido: encargarse de poner la música que acompañará al coro.

La escuela no debería generar sufrimiento. Y menos aún cuando la mayoría disfruta de algo. Excluir también es no tener en cuenta que, para algunos, tal como se celebra en la mayoría de los centros, el carnaval genera malestar.

Quizás no se trata de eliminarlo, sino de algo mucho más simple: que sea opcional, ofreciendo alternativas de calidad —talleres, actividades, espacios tranquilos y cuidados— a quienes no quieran formar parte de la celebración o prefieran vivirla a su manera. Y si la escuela no está preparada para hacerlo, entonces habría que generar un espacio de reflexión.

Verónica Bronstein
Psicóloga y psicoterapeuta
Directora del Institut de la Infància

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